EL BARCO TORTUGO

Hola de nuevo, hoy ha sido un día tranquilo, sigo pululando al sur de las Islas Baleares, entre Mallorca y Menorca. El mar está bastante calentito, aunque ya se nota que se acerca el otoño. Ahora que son las tres de la tarde más o menos (mi reloj es solar), es cuando me gusta echarme una siesta flotando en este Mediterráneo azulito y precioso. Hoy he hecho régimen de medusas, me he comido casi diez porque son muy ligeras, casi todo agua; más que comer parece que las medusas se beben. ¡Ah! y una deliciosa puesta de calamar que flotaba, esa si que alimenta.

Os contaba el otro día mi aventura con aquel barco de madera, que parecía hecho de caparazón de tortuga, en el que me metieron. Primero fue ese tipo de los rizos flotantes que, de pronto, vi detrás de mi. Al principio lo confundí con una medusa enorme, y me acerqué a él para comprobarlo y comérmela. Pero vi que tenía ojos, y las medusas no tienen ojos. Pero tampoco sonríen. Cuando me quise dar cuenta, me agarró con una mano sobre mi cabeza y la otra por detrás ¡ese tipo sabía lo que hacía! Traté de nadar hacia abajo con todas mis fuerzas pero él me subió. Al final decidí respirar y relajarme dentro de lo posible.

La verdad es que todo aquello no era normal, pero tampoco dolía.

Me subieron a una embarcación blandita y me adoraron, no parecían agresivos, más bien curiosos. De ahí, en volandas, al barco tortugo, que, efectivamente, era de madera muy vieja; ese olor es poco frecuente en el mar, solo un par de veces en mi vida lo he sentido. Ahora os lo cuento con humor, pero si soy sincera, estaba algo asustada. Aquellas caras de los humanos fascinados ya las vi otras veces; cuando nos descubren en la mar manejan cosas brillantes en sus manos y nos apuntan con ellas, parece que les encanta hacerlo. Estos eran muchos, y me hacían cosquillas por todas partes. Aquí y allá me tocaban con artefactos raros y apuntaban. El traidor de los rizos parecía ser el jefe, y seguía sonriendo; por alguna extraña razón me inspiraba confianza. Confieso que no les devolví la cortesía. Cuando me alzaban al barco me asusté, y mordí a un señor enjuto que puso su brazo junto a mi cabeza ¡a quién se le ocurre! ¡todo el mundo sabe que las tortugas tenemos una boca acorazada que se parece al pico de un loro gigante, y que con ella somos capaces de romper caparazones fortísimos! ¡a mi no hay crustáceo que se me resista! El caso es que el enjuto, cuando lo mordí, pegó un alarido que debió espantar a los zifios en veinte millas alrededor. Mordí al humano equivocado, todavía me despierto a veces sobresaltada por aquella voz estridente. Muy poco tiempo estuve sobre el barco tortugo. Aquellos tipos me hicieron mil cosas extrañas y se entretuvieron mucho colocándome algo en lo alto. Creo que aún lo llevo, pero en el mar no hay espejos.

He notado que las llampugas me miran raro, y que uno de mis cangrejos pasajeros sube por allí de vez en cuando más de lo que solía hacerlo. El caso es que me soltaron a los pocos minutos. Eso si, con mucha ceremonia. El rizoso volvió a meterse en el agua con su aparatito, y de nuevo parecía una medusa con sus tentáculos meciéndose. Espero que este diario sirva para que otras compañeras no caigan en la trampa de este señor de cabellos sinuosos. Bueno amigos. El próximo día os cuento lo que me pasó con los cachalotes. Las tortugas estamos toda nuestra vida en el mar, mirando y pensando. Tenemos todo el tiempo del mundo para meternos en la vida de los habitantes del Mediterráneo. Si veis al barco tortugo, tened cuidado…

Lea aquí la verdadera ciencia que inspiró esta entrada: https://www.alnitak.org/oasis-proyecto

Jasmine Spavieri