EL HERMANO

Perdonad si a veces tardo un poco en escribir este diario, pero es que la vida de una tortuga caguama como yo es de todo menos predecible, y no siempre encuentro un momento de paz para contaros mis avatares. Últimamente, el cielo, ahí arriba, está plomizo, llueve mucho, y hace viento en el mar. Cuando esto ocurre no veo apenas barcos, se conoce que a los humanos no os gustan las olas grandes y el frío; a mí tampoco. Soy un reptil, eso significa que dependo del calor del exterior para regular el de mi cuerpo. No tengo esa maravillosa grasa de los delfines y las ballenas, que no solo los aísla, sino que les da flotabilidad. Además ellos son mamíferos, como vosotros. Sin embargo, los reptiles estábamos en los océanos mucho antes, somos tan antiguos casi como las rocas, me gusta ser un reptil oceánico.

Somos pocos, no creáis; algunas serpientes acuáticas en los trópicos, y las iguanas marinas de las Islas Galápagos; pero ninguno de ellos vive por aquí, donde yo, en el Mediterráneo.

Bueno, de momento, porque el Estrecho ese de ahí abajo me llama cada vez más; de Gibraltar creo que lo llamáis. Allí se abre el gran océano, el que atrevesé cuando era pequeña. Ese viaje que hacemos las tortuguitas es una de los mayores epopeyas de animal alguno. Fijaos que yo nací en una playa de Florida, hace unoooos… creo que para vosotros son unos 30 años. Nunca conocí a mi madre ¡y mucho menos a mi padre!

Salí de un huevo blandito enterrado en una playa. Todo estaba oscuro, pero podía sentir a mis hermanos alrededor. No sé porqué, pero todos queríamos lo mismo: subir escarbando la arena para llegar arriba ¡y todos a la vez!

Parecía divertido, hasta que vi cómo muchos de mis hermanos salían volando. Enormes pájaros los cogieron con el pico y se los llevaron. Yo corrí, corrí y corrí más… hacia el sonido de las olas. Cada vez éramos menos. Yo soy una hembra, pero recuerdo a uno de mis hermanos, que no sé porqué pero sé que era un chico. Corría a mi lado, nos mirábamos de reojo. Todos iban desapareciendo a nuestro alrededor, pero él y yo nos dábamos fuerza mutuamente. Corre que te corre nos sentíamos invencibles. Si, conseguimos llegar al agua juntos, la primera bocanada de espuma nos llenó los sentidos con un aroma que ya nunca olvidaremos, el retrogusto de la patria costera de un reptil errante.

No sé qué fue de los otros, Hermano y yo nadamos sin mirar atrás hasta alejarnos y conseguir llegar a unas algas flotantes, como con bolitas. Allí nos refugiamos, exhaustos, y por fin tuvimos unas horas para darnos cuenta de que habíamos nacido. La siguiente luna allí seguíamos, pero él era inquieto, mordisqueaba bichos que nos rodeaban y comenzó a alejarse. Cuando el sol llenó de oro la superficie del Atlántico vi a mi hermano por última vez. Se fue al fondo entre los dientes de un pez enorme. No existe la pena en el cerebro de una tortuga, eso es cosa vuestra, de los humanos. Cuando pueda os cuento qué pasó después.

Jasmine Spavieri